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En Estados Unidos los políticos nunca dicen la verdad, sino lo que el pueblo quiere oír, para que salten de alegría y voten por ellos.  pero cuando tienen que decirla, resbalan como peces en el pantano y no hay chinchorro que los atrape. Los comisionados del condado de Kent convocaron a la comunidad la semana pasada para que se expresara en torno a la decisión del Departamento de Salud del condado de ordenar que los niños vayan a la escuela usando mascaras de protección.

Utilizaron el DeVos Hall para la reunión, porque sabían que iría mucha gente y de hecho, así fue.  Había al menos tres centenares de rabiosos conservadores, la mayoría seguidores de Donald Trump, quienes le dijeron al director del Departamento de Salud, Adam London, hasta burro mocho.

El miércoles pasado los comisionados emitieron un comunicado lavándose las manitas como buenos alumnos de Pilato y diciendo que ellos no tienen velas en ese entierro, que esa misa es del Departamento de Salud del condado y del estado y que ellos no tienen autoridad para hacer nada. ¡Oh! Y entonces… ¿Para qué convocaron al público?

Lo correcto hubiera sido que desde que comenzaron las quejas en los distritos escolares los comisionados dijeran que la medida es correcta y que cualquier oposición al respecto debe ser referida al departamento de Salud del Estado que es el que manda en el tema.

Una cosa buena de los comisionados fue, que por lo menos respaldaron a London.

 

Bueno, y comenzaron a caer los santos de los altares.  En Virginia apearon de la glorieta con todo y caballo al general Robert E. Lee, el jefe de los confederados del norte de ese estado durante la guerra civil.  Cuando tuvo que rendirse en 1865, Lee aceptó la abolición de la esclavitud, pero nunca que los negros fueran considerados como personas al igual que los blancos.

La estatua de Lead estuvo por generaciones en la Avenida de los Monumentos en Richmond, Virginia.  Los supremacistas blancos lloraron su partida y los afroamericanos la celebraron con algarabía. ¡Así es la vida!

 

Señores, se cumplieron 20 años de los ataques terroristas conocidos hoy como “los atentados del 11 de septiembre”.  Estos acontecimientos representaron un espectáculo dantesco del que nadie quiere acordarse.  Cerca de tres mil personas perdieron la vida por un conflicto del que nunca fueron parte.  El millonario Saudí, Osama Bin Laden, había formado una organización extremista llamada Al Qaeda que realizó varios ataques terroristas contra intereses norteamericanos, incluso en el mismo centro de Nueva York.  El último fue el ataque a un buque de guerra americano en las cosas de Yemén que dejó como saldo 17 marinos muertos.  En 1997, el presidente Bill Clinton ordenó un ataque con misiles contra dos campamentos de Bin Laden matando a decenas de sus combatientes.  En represalia, Bin Laden organizó los ataques contra las torres gemelas de Nueva York secuestrando aviones de pasajeros de líneas americanas; otro ataque al Pentágono y otro presumiblemente dirigido a la Casa Blanca pero cuyo objetivo fue frustrado por los propios pasajeros.

Estados Unidos respalda abiertamente toda la política de Israel, el enemigo número uno de los países árabes

¿Tiene el pueblo norteamericano que pagar las consecuencias de la alocada política exterior del gobierno federal?  El pueblo paga por ella y paga también las consecuencias. Sencillamente, no es justo.

 

Nos vemos en los próximos jalapos si la Virgencita lo permite.

 

 


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