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Una transición difícil

 

Las protestas contra las medidas de prevención de la pandemia tomadas por la gobernadora Gretchen Whitmer en los meses de marzo, abril, y mayo, mas los intentos de acciones violentas por parte de las milicias seguidoras del actual mandatario, denunciadas el pasado jueves, y las declaraciones de éste de que si pierde las elecciones no garantiza una transición fácil, mueven a profundas preocupaciones.

Durante la guerra de independencia de Estados Unidos, miles de civiles formaron grupos armados para combatir al ejército inglés.  En la declaración de Independencia se reconoció la labor de esas milicias como defensoras de la libertad, y por eso la segunda enmienda de la constitución defiende el derecho de los ciudadanos a tener armas.

Desde esa fecha, 1776, existen los grupos armados independientes a todo lo ancho y lo largo del país.  Durante la Guerra Fría, entre Estados Unidos y la Unión Soviética, debido tal vez a la constante propaganda anticomunista de las agencias federales, esos grupos pusieron en su mira a todo lo que oliera a intervención del estado en la vida de los ciudadanos, lo cual tacharon amenazas del comunismo.

Esos grupos son actualmente conservadores, nacionalistas y opuestos a cualquier cosa que parezca socialismo. En adhesión a esas ideas, Terry Nichols y Timothy McVeigh pusieron poderosos explosivos en el edificio federal de Oklahoma en el 1995 matando a centenares de personas.  Esto ocurrió durante la administración de Bill Clinton, a quien esos grupos consideraban “comunista y contrario a los intereses de la nación y a la ley de Dios”.

Muchas de esas milicias se han unido a grupos de los llamados neonazis por la coincidencia que guardan contra las ideas democráticas y socialistas.

Esas milicias, extremistas algunas y otras moderadas, han visto en el presidente Donald Trump a su autentico líder.  Trump, al igual que ellos, cree que la raza caucásica es superior a las demás; odia todo lo que huela a bienestar común (lo cual considera comunismo), y tiene como ideología el nacionalismo en su extrema expresión.

Para estos grupos, mantener a Donald Trump como presidente de los Estados Unidos es un deber patriótico, y para Trump, entregar el poder significa dejar caer al suelo sus planes nacionalistas y su orgullo de triunfador.

Los denunciados planes violentos de las milicias de Michigan que incluían el secuestro de la gobernadora Gretchen Witmer, se inscriben perfectamente en la ecuación antes detallada.

El fin de esos planes era al parecer, comenzar a subvertir el orden en la nación con miras de crear las condiciones necesarias que impidan las elecciones del 3 de noviembre.

Algo fuera de juicio, porque la institucionalidad del sistema democrático es lo suficientemente sólido como para ante acciones aventureras aisladas.

Es obvio que la dirección del Partido Republicano está viendo con preocupación las elecciones de noviembre debido a la pérdida de popularidad del presidente Donald Trump, la cual reflejan cada día más abajo los resultados de las encuestas políticas.

La premura por confirmar en el cargo a una jueza para la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos en sustitución de la fenecida Ruth Bader antes de las elecciones, es una muestra fehaciente de ello, y resistencia a admitir una derrota, expresada por el presidente junto a estos hechos confirma como él mismo dijo, que no habrá una fácil transición.


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