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Un aniversario triste y frustrante

 

Todo parecía estar en su lugar.  El trajinar del día era el mismo de todos los días. El mismo camino, las mismas paredes, el mismo tránsito y los mismos problemas a la espera, como el saludo de cada mañana.  Pero mas allá de lo que pudimos pensar o tal vez imaginar, se venía la tormenta.  Una avalancha invisible de microscópicos guerreros expandidos a diestra y siniestra provenientes de los cuatro puntos cardinales, ponía en amenaza nuestra existencia.  No eran platillos voladores ni enemigos de los Avangers, era el Coronavirus, una plaga viral que dividió la historia del mundo en un antes y después; que nos cambió los ritos mecánicos de nuestras vidas y nos obligó a entender que estar aquí hoy, protegidos por las precauciones, las dietas y la gimnasia no es ya una garantía de estar aquí mañana.

Hasta marzo del año 2020, muchos, o casi todos, ignorábamos nuestra frágil resistencia, la vulnerabilidad de nuestro organismo y la posibilidad que amenazaba de hacernos caer en manadas como pollos de granja atacados por una peste fatal.

Ante las repetidas noticias de los medios de comunicación sobre el azote de la epidemia en China que comenzaba a hacer presencia en Europa, las autoridades de salud del condado de Kent, en Michigan, convocaron a una conferencia de prensa con la sana intención de disipar los temores que asomaban ansiedades y horrores en la población de 600 mil habitantes.

“No hay presencia del virus en en el condado”, dijeron. Pero solo 24 horas después, los periodistas fuimos convocados a otra conferencia en la que las mismas autoridades informaban lo contrario.  “Hay tres casos de Coronavirus en el condado”.

A los que tenemos el privilegio de vivir, nos tocó esta época para contarlo.

La Organización Mundial de la Salud, apéndice de la Organización de las Naciones Unidas, declaró pocos días después, que el mundo estaba bajo el ataque de una pandemia.

En Estados Unidos, como en otros países con mala suerte, teníamos un presidente que rebosaba con orgullo todos los límites de la ignorancia.  El hombre, ebrio de poder y del nacionalismo que encarna la estrechez mental, restó importancia a la pandemia, y seguro de que en el mundo ni el poder de Dios alcanza al poder americano, cortó la membresía del país con la OMS y calificó la pandemia como “un virus chino que se cura fácil” y ante el que no hay que asumir emergencia.

No fue sino hasta que sus propios funcionarios le presionaron para que tomara acción, que formó una comisión encargada de enfrentar el problema.

Producto de esa tardanza y el equivocado mensaje a sus seguidores, quienes se rehusaron a las medidas de prevención, la pandemia se expandió como arena en el viento y a la fecha que se escribe este editorial, ha cobrado la vida de 529 mil personas y atacado el organismo de 29.2 millones.

Pero a muchos norteamericanos que piensan como el ex presidente Donald Trump (si es que podemos decir que piensan), ese saldo no les preocupa aunque la pandemia se haya llevado a sus propios progenitores. Porque, aunque cuesta creerlo, en este mundo hay personas que se aman a si mismos por encima de todo y lo único que les preocupa es su bienestar, aunque este signifique guillotinar al vecino.  Estos siguen insistiendo en ignorar el peligro y creen que el cambio drástico en sus vidas no lo impuso la pandemia, sino los gobiernos estatales que impusieron contingencias y a quienes tildan de socialistas y enemigos de la libertad.

Marzo viene sobre nosotros, los que no rendimos culto a la ignorancia ni somos ajenos al dolor de los demás, como el recuerdo del inicio de una era triste de la que nuca terminaremos de hablar.

 

 


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Entrevista con Ana José, de la Cámara Hispana de Ciomercio del Oeste de Michigan.

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