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Por Ramón Peralta

Las grotescas imágenes de las turbas que hace un año atacaron al Congreso para impedir que se reconociera la victoria electoral de Joe Biden, aunque perturbaron a muchos no así a otros tantos, que todavía hoy persisten en justificar el hecho, que dejó una amplia mancha en la tradición democrática americana.

Dada la persistente postura, que todavía mantienen Trump y sus seguidores, ha contribuido a que muchos investigadores sociales lleguen a la conclusión, que las acciones vandálicas son un reflejo de otras problemáticas mas profundas y que vienen acumulándose desde hace largo tiempo. Ya desde los años 1990s cuando tomaron auge en la vida política las famosas milicias, marcadas por la prédica de la supremacía blanca, el racismo y el uso de la violencia, que tuvo como su expresión máxima la explosión de Oklahoma, el panorama político comenzó a ser envenenado por este tóxico, que adquirió su máxima expresión con la llegada de Trump a la presidencia y que a la vez arropó al Partido Republicano.

La manera incendiaria de Trump conducir la cosa pública incrementó la confrontación violenta como medio de acción en el ambiente político, dando lugar a la aparición de grupos radicales, que fueron los que encabezaron el movimiento insurreccionarlo y que han aumentado su simpatía en amplios sectores blancos conservadores. De acuerdo a un artículo aparecido en el New York Times y citando un estudio de la Universidad de Chicago dice, que ese movimiento insurreccionista cuenta hoy con cerca de 21 millones de seguidores adultos. Las encuestas dicen que el 45% de los Republicanos apoyaron el ataque y consideraron como “patriotas” a los asaltantes del Congreso. Por otro lado, 57 de los individuos que de una u otra manera participaron en los actos del 6 de enero, están postulándose para cargos electivos, entre ellos 6 para gobernadores.   

De manera que, el incidente del 6 de enero no es mas que una ligera expresión de un movimiento que ha sembrado fuertes raíces en la sociedad americana y que seguirá influyendo negativamente en el ambiente político y social, contribuyendo al aumento de la polarización política  aun cuando estén por en medio asuntos de poca trascendencia como recientemente ha sucedido con los casos de las vacunas y el uso de las máscaras. La violencia se ha tornado como medio propicio de lucha, alimentada por un falso “nacionalismo”, que con el alto y  fácil acceso a las armas, eleva el riesgo de que se produzcan incidentes con peores consecuencias que los del 6 de enero del año pasado, poniendo en peligro la estabilidad de  la institucionalidad democrática que América se ha mantenido orgullosa de sostener por largos años y la que ha estado vendiendo como modelo a otros países. El prestigio de ese modelo sufrió un rudo golpe y todavía se está por ver sus consecuencias a largo plazo.

 

 

 


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