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La pandemia y la historia sin fin

 

Como “Lo que el Viento se llevó” la pandemia del Coronavirus parece no tener fin.  Cuando los científicos de los países desarrollados y los de los países no desarrollados, como Cuba, buscaban afanosamente el remedio para detener el curso de la pandemia, se respiraba un aire de esperanza, se veía al final de la larga oscuridad a la que nos condenaban y nos condenan aún las mascarillas y los seis oprobiosos pies de distancia, un punto de luz que nos decía que algún día veríamos las letras finales de la pesadilla.  Pero resulta que no contamos con que vivimos en un mundo profundamente desigual, donde cohabitan los que tiene algo mas que todo y los que tienen menos que nada.  Donde deciden por un lado los que saben decidir y por otro los que ni siquiera saben vivir.

Mientras Estados Unidos ha vacunado por lo menos en su primera dosis al 70 por ciento de su población adulta, Haití apenas ha vacunado al 1 por ciento.  Mientras las autoridades de salud de Estados Unidos claman la urgencia de mantener la protección y vacunarse, una parte importante de la población norteamericana rehúsa inocularse y rechaza con fiereza las medidas de protección.

Los casos siguen aumentando, las mutaciones siguen apareciendo y nada logran los países ricos con vacunarse al cien por ciento si el resto del mundo se sigue contagiando.  Porque el virus es un viajero secreto, un polizón tras la cubierta que de alguna manera escapará de sus captores y penetrará provocando nuevas alarmas, nuevos aislamientos y nuevos problemas.

Pero lo más grave aún es el hecho, de que países ricos como Estados Unidos, le niegan el acceso a las vacunas a países pobres como Cuba y Venezuela por intereses políticos.

Cuba ha tenido que crear su propia vacuna luchando con limosnas de algunos países porque Estados Unidos con su embargo le impide el acceso a los componentes para producirla.

Según la organización Mundial de la Salud, uno de los más graves problemas en la lucha contra la pandemia, es que los países ricos absorben la producción de vacunas de los grandes laboratorios dejando a los pobres sin posibilidades de comprarlas.

Las consecuencias de la falta de vacuna son una seria amenaza al futuro. Ya se ha comprobado que entre los efectos de la pandemia se encuentra la discapacidad cerebral.  Como consecuencia de la pérdida de capacidad de absorber oxigeno de los contagiados por el Covid, el cerebro sufre daños irreparables.  Según Carissa Etienne, directora de la Organización Panamericana de la Salud, los niños de American Latina, además de que no reciben los chequeos y las vacunas adecuadas debido al colapso de los sistemas de salud, son los que más clases han perdido en los casi dos años de la pandemia.

En Estados Unidos apenas se ha comenzado a vacunar a los niños de 12 años en adelante.  Los científicos afirman que los niños contraen la pandemia al igual que los adultos, solo que éstos últimos son más venerables a los desastrosos efectos del Covid.

Cuando se sube una montaña, es difícil y peligroso mirar hacia abajo, pero en el caso del Covid, en el que han salido a flote las más degradantes miserias humanas, cada vez es más triste y deprimente mirar hacia delante.


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