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Es considerado como el escándalo político más importante de los Estados Unidos, el caso Watergate desveló una trama de espionaje y escuchas que la Administración Nixon llevó a cabo durante la campaña electoral de 1972, cuando cinco individuos fueron descubiertos intentando forzar la entrada de la sede del Partido Demócrata en Washington.

Los cinco detenidos no eran simples ladrones que iban a robar. Eran agentes secretos al servicio del presidente y tenían como misión colocar micrófonos e intervenir los teléfonos de sus rivales demócratas para espiarlos. Fueron conocidos como The plumbers, los fontaneros, porque una vez detenidos declararon: "Si nos contrataron para evitar filtraciones, es que somos fontaneros", es decir, agentes especiales encubiertos y contratados por Howard Hunt y Gordon Liddy, dos hombres vinculados al Comité de Reeleccción del Presidente, un equipo formado por militantes del Partido Republicano creado por Richard Nixon y al que el presidente había encargado su campaña de reelección en los comicios de noviembre de 1972.

De este modo, como si del guion de una película de espías se tratase, arrancaba el Caso Watergate, un escándalo que provocaría la primera y única dimisión del primer mandatario de los Estados Unidos en la historia. En menos de cuatro meses, y en un dramático crescendo a ritmo de exclusiva, dos periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, fueron los encargados de desenmascarar la trama que obligaría a salir por la puerta de atrás al inquilino de la Casa Blanca. La investigación empezó cuando el sábado 17 de junio de 1972, el joven Woodward se acercó al juzgado para escuchar en directo la audiencia preliminar de los presuntos cinco "rateros", varios de ellos de Miami, que habían sido detenidos in fraganti en las oficinas del Partido Demócrata, en el edificio Watergate de la capital federal.

 

LOS "HOMBRES DEL PRESIDENTE"

Bob Woodward empezó a interesarse en el caso cuando escuchó que uno de los detenidos era James W. McCord Jr., el consejero de seguridad de la CIA. También le llamó la atención que otro de los arrestados dijese que todos eran "anticomunistas" de profesión. Aquella noticia se publicó al día siguiente, domingo, e iba firmada por Woodward y su compañero Carl Bernstein, cuyos nombres sólo aparecían al final de la misma. Pero cuando los periodistassupieron que McCord era también el coordinador de seguridad del Comité para la Reelección del Presidente en la campaña electoral, decidieron tirar del hilo y descubrieron que existía una conexión entre el detenido y gente muy próxima al presidente Nixon, encargada de resolver algunos problemas incómodos. Eran sus "fontaneros" o, como se les conocería más tarde, los "hombres del presidente" (Todos los hombres del presidente sería el título del libro que Woodward y Bernstein publicarían en 1974 sobre sus investigaciones en este caso).

En una rueda de prensa celebrada el 22 de junio, Richard Nixon empezó a eludir su responsabilidad en "ese particular incidente" y, de espaldas a la opinión pública, se empezó a comprar el silencio de los detenidos mediante el pago de grandes sumas de dinero. El 1 de julio, el jefe de campaña de Nixon, John Mitchell, presentó su dimisión "ante la insistencia de su esposa". Para entonces, Carl Bernstein estaba investigando la "conexión Miami" de los detenidos con parte del dinero incautado por la policía, que procedía de donaciones privadas que servían para sufragar los gastos de la reelección del presidente republicano, y cuyo reparto había supervisado el dimitido Mitchell.

 

MARK FELT, GARGANTA PROFUNDA

Cada día, tras el cierre del rotativo, Bernstein y Woodward quedaban con algunos empleados del Comité para la Reelección del Presidente para intentar sonsacarles información. Dos de ellos, una contable y un responsable de control de finanzas, preocupados por la dimensión que había adquirido el uso ilegal de fondos en la campaña, les revelarían datos muy importantes. Pero la fuente más decisiva de información fue la que durante más de 35 años Bob Woodward mantuvo en el anonimato. Oculto bajo el seudónimo de Garganta Profunda, se encontraba Mark Felt. Debido al cargo que éste ocupaba dentro de la Administración (era director asociado del FBI), la relación que mantenía con Woodward era lo más reservada posible. Usaron diversos tipos de señales para reunirse, como colocar una bandera roja en el balcón de la casa de Felt, y sus encuentros se celebraban de madrugada en un parking de Washington.

Durante sus reuniones, Garganta Profunda no revelaba ninguna información al periodista, pero sí corroboraba todos los datos que requerían comprobación y, lo más importante, orientaba a Woodward hacia donde debía encaminar sus pesquisas. En sus reuniones, Garganta Profunda reveló la agresiva estrategia que estaba adoptando la Casa Blanca para espiar a sus rivales políticos, periodistas y a cualquiera que el Gobierno considerase desleal. Por fin, el 21 de septiembre saltaba la noticia: Bernstein y Woodward afirmaban con rotundidad que John Mitchell había controlado un fondo secreto para espiar a los demócratas.

El 10 de octubre de 1972, el Washington Post informó de que la investigación policial había concluido que el asalto a las oficinas del edificio Watergate formaba parte de un plan de espionaje y sabotaje orquestado para favorecer la reelección del presidente Nixon. A pesar del escándalo, Nixon consiguió ganar de forma indiscutible las elecciones presidenciales del 7 de noviembre de ese mismo año.

 

IMPEACHMENT

Pero eso no detuvo a los intrépidos Woodward y Bernstein, y el Washington Post decidió seguir publicando informaciones y mantenerse en la línea marcada. En enero de 1973, el juicio a los asaltantes del Watergate se saldó con una amplia lista de condenas, incluida la de James W. McCord. Este ex agente de la CIA, convertido en jefe del espionaje republicano, volvió a ser clave cuando envió una carta al juez afirmando que había cometido perjurio, que los acusados habían recibido presiones para declararse culpables, que había personalidades muy importantes implicadas y que temía por su vida si revelaba todo lo que sabía sobre el asunto. La carta daría un giro inesperado a la cobertura del caso y, como diría Katharine Graham, directora del periódico: "Toda la prensa apareció en masa, levantando literalmente las alfombras en busca de pistas. El Post ya no estaba solo".

Ante todas estas informaciones, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ordenó al presidente Nixon entregar las cintas secretas obtenidas en las escuchas a sus rivales políticos para utilizarlas en el juicio del caso Watergate contra sus hombres. Los jueces resolvieron el debate en una histórica votación en contra de los argumentos del presidente. A partir de ese momento, Nixon perdió el apoyo de los propios miembros del Partido Republicano, que estaban dispuestos a votar a favor de una solicitud del Congreso de los Estados Unidos para iniciar un proceso de impeachment (destitución) del presidente. El 8 de agosto, Richard Nixon anunciaba su dimisión, aunque reconocía que dejar el despacho "es algo que aborrecen todos los instintos de mi cuerpo. Sin embargo, como presidente, debo anteponer los intereses de América".

 

Fuente: National Geographic

 


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